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Reflections on Spain

Tradition Transcends Time

There are remote country villages in Galicia where time seems to have stopped still. At midnight on 1 January, boys don belts of bells and run through the streets wearing huge colorful masks - their designs are deeply rooted in pre-history. The young men are termed peliqueiros because they wear a pelica -the skin of a dog or sheep, which hangs on them as if they had a wig.

In one Gallego town another figure, eight feet tall, draped with animal skins and crowned with a wild goat's head, silently walks through the revelers. He is a demonic figure with his curled horns and cloven hoofs, his glass eyes and cryptic smile. A group of boys run into the square, scattering handfuls of earth. A quartet of bagpipers and drummers come and go.

The sources of many celebrations of the Spanish people have remnants of a pagan past that is lost in antiquity. I remember visiting the rural city of Ciudad Rodrigo for a local version of "running with the bulls" and watching with amazement as young men displayed their bravery by vaulting over charging bulls. They were replicating what youths did in the Minoan culture at the dawn of time.

My wife Ruth and try to visit as many folk observances as we can, for we feel it is there that one can experience the pulse of elemental Spain. Spain is a fascinating mix of cultures and traditions, one of the strongest of which was the medieval Church. Last year on Good Friday afternoon my wife Ruth and I visited a tiny village nestled in the mountains outside of Zamora. There we witnessed a handful of old matrons singing folk hymns while their grandchildren, the youth of the town, reenacted the Descent from the Cross.

For over a thousand years, life was conceived as part of a cycle of seasons, rather than something that progressed to an end. First Advent, then Navidad, Tres Reyes, Carnaval, Lent, Semana Santa, Pascua, Pentecost, then Advent again. That tradition encouraged people to celebrate their birthdays on the day of the saint whose name they were given in baptism, rather than the day on which they were born. In addition everyone in the local community would stop work to celebrate the day of the patron saint of their town. You can see remnants of this tradition in the many national and local holidays that the modern Spanish calendar retains.

Archaic as it may seem, I find something reassuring about marking the regular cycle of the seasons - something that transcends the artifice of time. The long nights of winter prepare us for the renewal of spring. The fullness of summer prepares us for the richness of the harvest. No matter how we manipulate our timekeeping, the natural cycle is always there.

There was a time when most of human activity was determined by the presence of the sun, or daylight. (It was before the advent of electricity, which now permits the youth of Spain to frolic routinely until 4 in the morning!) In Spain and other Mediterranean countries the culture always honored the rhythm of life, rather than the hands on the watch. Since normal people feel drowsy after a mid day meal, the community set aside time for a siesta.

Years ago, when I first looked up at the 12C cathedral in Santiago de Compostela, I noticed that the analog clock (remember those - the ones with hands?) on one of the towers had no minute hand at all! It reflected a time when measuring by hours of the day was sufficient.

Today we are surrounded by the artifice of time. Right now your computer is telling you the time and keeping record of your activity. You may have a timepiece strapped to your wrist. The cell phone in your pocket measures your every usage. Then there is your TV cable box, DVR, microwave, stove, automobile dashboard. Even the receipt at the grocery store and gas station is imprinted with the exact time you were there.

What a fascinating contrast between the two cultures. The 400 year history of my hometown of Jamestown in Virginia seems insignificant compared to the traditions of ancient Spain where the measurement of time had little relevance – almost like the way we thought as children when we heard our parents read to us "Once upon a time!"

When I hear passionate pleading for my vote in the election that will change history, I put it in perspective. What really makes my history is not Election Day. It is the timeless joy of being with my family and playing with my grandchildren. The calendar is irrelevant. I suspect that the people of Ciudad Rodrigo, Valencia, Sevilla and the villages of Galicia would say the same - this year or a thousand years ago. It is the cycle of life, the cycle of love which is of the essence..

May you have a blessed Easter, or Passover, or other observances of renewal and hope. Spring is coming and what a joy that is!

Saludos,

Don

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La Imperecedera Tradición

Existen remotas aldeas rurales gallegas en las que el tiempo parece haberse detenido. En la medianoche del 1 de enero, los muchachos se ciñen cinturones de los que se cuelgan "chocos" o cencerros y corren por las calles llevando coloridas máscaras cuyos diseños están profundamente arraigados en la prehistoria. A los jóvenes se les llama peliqueiros porque llevan una pelica o piel de perro u oveja con la que se tocan como si de una peluca se tratara.

En otra aldea gallega otra figura de dos metros y medio de altura, cubierta con pieles de animal y coronada con una cabeza de cabra, pasea silenciosa entre los espectadores. Es una figura diabólica de cuernos retorcidos y pezuñas hendidas, ojos de cristal y sonrisa enigmática. Un grupo de niños irrumpe en la plaza esparciendo puñados de tierra mientras que un cuarteto de gaitas y tambores deambula por las calles.

Los orígenes de muchas celebraciones del pueblo español son, en parte, reminiscencias de un pasado pagano que se pierde en la antigüedad. Recuerdo haber visitado Ciudad Rodrigo para presenciar la versión local de los encierros taurinos y ver con asombro cómo los jóvenes demostraban su valor saltando por encima del toro en embestida, remedando de esta manera el proceder de los jóvenes de la civilización minoica allá en el amanecer de los tiempos.
Mi esposa Ruth y yo tratamos de asistir a tantas celebraciones populares como nos es posible porque creemos que es en ellas en las que uno logra tomarle el pulso a la España más profunda. España es una fascinante mezcla de culturas y tradiciones, de las cuales una de las más fuertes era la Iglesia medieval. El año pasado en la tarde del Viernes Santo mi esposa Ruth y yo visitamos un pueblecito al abrigo de las montañas de las afueras de Zamora. Allí fuimos testigos de los cánticos que las ancianas señoras entonaban mientras sus nietos, los jóvenes de la aldea, escenificaban el Descendimiento de la Cruz.

Durante más de mil años se ha concebido la vida como una parte del ciclo de las estaciones en lugar de algo que discurre hasta llegar a su fin. Primero Adviento, después la Navidad, los Reyes, Carnaval, Cuaresma, Semana Santa, Pascua, Pentecostés y de nuevo Adviento. Esa tradición animaba a las gentes a celebrar sus cumpleaños en la onomástica del santo con cuyo nombre se les bautizaba en lugar de celebrarlo en la fecha de su nacimiento. A su vez toda la comunidad local dejaba de trabajar para celebrar el día del patrón del pueblo. Aún se pueden observar reminiscencias de esta tradición en las muchas fiestas nacionales y locales que persisten en el calendario español moderno.

Tan arcaico como pueda parecer, yo sigo hallando confortadora la idea de marcar los ciclos periódicos de las estaciones, algo que trasciende la artificialidad del tiempo. Las largas noches invernales nos preparan para la renovación de la primavera. La plenitud del verano nos prepara para la abundancia de la cosecha. Independientemente de cómo midamos el tiempo, los ciclos naturales seguirán siempre estando ahí.

Hubo un tiempo en el que las horas diurnas regían la actividad humana. (¡Eso era antes de la llegada de la electricidad, la cual permite hoy en día a los jóvenes españoles solazarse habitualmente hasta las 4 de la mañana!) En España y en otros países mediterráneos la cultura siempre ha respetado el ritmo vital por encima de las manecillas de un reloj. Puesto que la gente en general se adormece en las horas de sobremesa, la sociedad ha reservado un intervalo para la siesta.

Años atrás, cuando contemplé por primera vez la catedral del siglo XII de Santiago de Compostela, observé que el reloj analógico (¿se acuerdan de ellos, los de las manecillas?) de una de las torres ¡no tenía minutero! Ése es un reflejo de los tiempos en los que bastaba con la medida de las horas del día.

En la actualidad estamos rodeados por el artificio del tiempo. En este momento su ordenador le indica qué hora es y está registrando su actividad. Puede que Ud. lleve reloj de pulsera. El teléfono móvil que lleva en el bolsillo graba cuando efectúa operaciones. Por otro lado tiene el receptor de su televisión por cable, el reproductor de DVD, el microondas, la cocina, el salpicadero de su coche. Incluso el ticket del supermercado o de la gasolinera llevan impresa la hora exacta a la que hizo su compra.

Que contraste tan fascinante entre las dos culturas. Los 400 años de historia de Jamestown, mi pueblo en Virginia, parecen insignificantes comparados con las tradiciones de la ancestral España donde la medida del tiempo tiene poca importancia, casi igual que como la concebíamos cuando éramos pequeños y escuchábamos a nuestros padres al comenzar un cuento con un "Érase una vez…"

Cuando escucho la manera tan apasionada en que solicitan mi voto para las elecciones que cambiarán la historia, la pongo en perspectiva. Lo que realmente hace historia no es el Día de Elecciones, es el gozo atemporal de disfrutar con mi familia y de jugar con mis nietos. El calendario es irrelevante. Sospecho que las gentes de Ciudad Rodrigo, Valencia, Sevilla y las aldeas gallegas dirían lo mismo, este año o hace mil años. La verdadera esencia es el ciclo vital, el ciclo del amor.

Mis mejores deseos para Pascua de Resurrección, Pascua Judía u otros ritos de renovación y esperanza. ¡Llega la primavera, qué alegría!

Saludos,

Don


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