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Reflections on Spain

The Easter Drums of Aragon

Two years ago I was at a friend's house in Spain leafing through a European issue of Time Magazine. The cover story trumpeted 'Spain Rocks!' Shaking off its benighted past, the author bragged, Spain was rising like a phoenix. This vibrant 'new' nation was setting an innovative, dazzling standard for all of Europe. Her chefs were the talk of the world of cuisine; her people were dominating the worlds of fashion, music and the fine arts. Spain was at the vanguard.

But then I looked up from my magazine, and saw images flashing on the television screen - the train station in Madrid had just been bombed by terrorists. March 11 in Madrid was a painful echo of September 11 in Washington and New York 31 months earlier.

Since that terrorist bombing two years ago Spain has exploded with radical social and political changes - discounting traditional values as 'old hat', and in many ways mimicking the values of contemporary Europe. The shift is quite astonishing, and in some ways disturbing. Yet I find comfort knowing that over the ages Spain has been able to absorb many passing influences while remaining anchored in her identity.

Some Spaniards, who are less intoxicated with modernity, are beginning to explore long-ignored cultural sites. By revisiting traditions and rituals they are seeking to understand their roots. It is this fresh appreciation of the lasting traditions which will continue to anchor and define Spain for the next generation.

The central ritual of Spain focuses on Holy Week. Throughout this diverse nation, every one - young and old, believer and skeptic - is drawn into the observance.

There is one Holy Week ritual that I hope to experience in the next few years. It takes place among a cluster of small villages deep in the mountains of Aragon. Once every year, all the inhabitants gather around their parish churches, take up their drums, form bands and spontaneously start drumming. For about twenty four hours without pauses, bands of drummers, largely young men, but also young women and a few children process through the streets of their towns.

On Good Friday as the clock of the parish church in each village strikes at High Noon, an enormous roar resounds throughout the town as all the drums roll simultaneously. There are all kinds - traditional bass drums stretched with skin, modern snare drums, and many other types in between. The drummers dress in blue, violet or black gowns and hoods, the color depending upon the custom of the village. They remain together for two hours, generating among their neighbors an indefinable emotion, which some describe as ecstasy. The drumming makes the ground tremble under their feet. When people put their hands on the wall of their houses they feel the vibration in their bones.

Then the townspeople begin to form a procession, intermingling between the bands of drummers. They leave the Plaza Mayor and weave through their villages, finally returning to where they began. There are so many people who join the procession that the last have not begun before the first reach their goal.

In the procession are men and boys dressed as Roman soldiers, others (including little children) are centurions. There is a Roman general accompanied by men called Longinos,- the ones who guarded the sealed tomb of Jesus. The drum rolls have five or six different rhythms. When two groups of drummers with differing rhythms encounter each other at a street corner, they meet frente y frente - face to face -- and embark on a duel of rhythms. The contest can go on for an hour or more until finally one group acquiesces and assumes the rhythm of the stronger.

At about 5 o'clock the procession through the village is complete and the faithful pause in silence at the church, mourning the Crucifixion. Then the rolls of the drums sound in unison once more, and continue their distinct rhythm until the afternoon of the following day.

All night long the people of the town are engulfed by the prolonged rhythm of the drums. By sunrise, some of the drummers have bleeding hands, but they continue all Saturday morning until they hear the sound of a trumpet as the church bell tolls the appointed hour. At that moment all of the drummers silence their drums. They will not play again until the next year. But for weeks after, some say the rhythm of the drums is reflected in the conversational pattern of the villagers.

Romans, Goths, Arians, Moors, Jews, Christians, and pagans before them - they have all contributed to the consciousness of these isolated towns. These various civilizations are woven into the rich fabric of Spain - and that fabric is lasting. I am confident that no terrorists of any stripe are going to change the traditions of Spain. Neither will the latest trends of Europe. Spain will continue to absorb the contributions of others. Her traditional values are not static, but they will endure.

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Don

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Los Tambores de Pascua de Aragón

Hace dos años estaba en casa de un amigo en España hojeando una edición europea de la revista Time. El reportaje de la portada anunciaba “!España mola!” Deshaciéndose de su oscuro pasado, se pavoneaba el autor, España estaba resurgiendo como el ave fénix. Esta vibrante “nueva” nación estaba marcando un parámetro de innovación y brillantez para toda Europa. Sus chefs eran la comidilla del mundo de la alta cocina sus gentes dominaban los mundos de las modas y las bellas artes. España estaba en la vanguardia.

Pero cuando levanté la vista de mi revista, y vi imágenes pasando en la televisión, la estación de tren de Madrid acababa de sufrir un atentado terrorista. El once de marzo en Madrid fue un doloroso eco del 11 de septiembre en Washington y Nueva York 31 meses antes.

Desde ese atentado terrorista hace dos años, España ha sido una explosión de cambios sociales y políticos radicales, quitando importancia a los valores tradicionales como “cosas anticuadas”, y muchas veces imitando los valores de la Europa contemporánea. El cambio es bastante asombroso, y en algunos aspectos inquietante. Aun así, me conforta saber que a través de los tiempos España ha sido capaz de absorber muchas influencias pasajeras mientras permanecía anclada en su identidad.

Algunos españoles, que están menos intoxicados de modernidad, están empezando a explorar lugares culturales que han sido obviados durante mucho tiempo. Al volver a observar tradiciones y rituales, intentan comprender sus raíces. Es esta nueva apreciación de las tradiciones duraderas lo que continuará anclando y definiendo a España para la generación venidera.

El ritual central de España se centra en la Semana Santa. Por toda esta nación diversa, todos –los jóvenes y los mayores, los creyentes y los escépticos- se ven atraídos a esta práctica.

Hay un ritual de Semana Santa que espero vivir en los próximos años. Se desarrolla en un grupo de aldeas en las profundidades de las montañas de Aragón. Una vez al año, todos los habitantes se reúnen en sus iglesias, cogen sus tambores, forman bandas y se ponen a tamborilear espontáneamente. Durante unas veinticuatro horas sin pausa, bandas de tamborileros, en su mayor parte compuestas por hombres jóvenes pero también por mujeres jóvenes y unos cuantos niños recorren las calles de sus pueblos.

El Viernes Santo, en el momento en el que el reloj de la iglesia de cada aldea da las doce, suena un enorme estruendo por la ciudad con todos los tambores sonando simultáneamente. Hay de todo tipo: tambores tradicionales con piel estirada, tambores modernos, y muchos otros intermedios. Los tamborileros se visten de azul, violeta o negro, en sayos encapuchados, y el color depende de la costumbre del pueblo. Se quedan juntos dos horas, generando entre sus vecinos una emoción indefinible, que algunos describen como éxtasis. El tamborileo hace que el suelo tiemble bajo sus pies. Cuando la gente pone las manos en la pared de sus casas sienten la vibración en sus huesos.

Entonces la gente del pueblo empieza a formar una procesión, entremezclándose con las bandas de tambores. Dejan la Plaza Mayor y serpentean por sus pueblecillos, volviendo finalmente a donde empezaron. Hay tanta gente que se une a la procesión que los últimos no han empezado antes de que los primeros lleguen a su destino.

En la procesión hay hombres y chicos vestidos de soldados romanos, y otros (incluidos los niños) son centuriones. Hay un general romano acompañado por hombres llamados longinos, los que guardaban la tumba sellada de Jesús. Los tambores tienen cinco o seis ritmos distintos. Cuando dos grupos de tambores con ritmos distintos se encuentran en una esquina, se encuentran frente a frente y se enzarzan en un duelo de ritmos. El duelo puede durar una hora o más hasta que finalmente un grupo se rinde y asume el ritmo del más fuerte.

Sobre las 5 de la tarde la procesión por el pueblo se ha terminado y los fieles hacen una pausa en silencio hacia la iglesia, recordando la crucifixión. Después los tambores empiezan a sonar a la vez de nuevo y continúan su ritmo distintivo hasta la tarde del día siguiente.

Toda la noche, la gente del pueblo se ve inmersa en el prolongado ritmo de los tambores. Al amanecer, a algunos de los tamborileros les sangran las manos, pero siguen toda la mañana del sábado hasta que oyen el sonido de una trompeta a la vez que la campana de iglesia tañe a la hora acordada. En ese momento todos los tamborileros acallan sus tambores. No volverán a tocar hasta el año siguiente. Pero durante semanas después algunos dicen que el ritmo de los tambores se refleja en la cadencia de las conversaciones de los habitantes.

Romanos, godos, arios, moros, judíos, cristianos y paganos antes que ellos han contribuido a la conciencia de estos pueblos aislados. Estas distintas civilizaciones están entretejidas en el rico telar de España, y esa tela es duradera. Espero que ningún terrorista de ningún tipo vaya a cambiar las tradiciones de España. Ni tampoco lo harán las últimas tendencias europeas. España seguirá absorbiendo las contribuciones de otros. Sus valores tradicionales no son estáticos, pero sí duraderos.

Un Abrazo,

Don

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